jueves, 24 de diciembre de 2009

Mi regalo de Navidad



Camino intranquilo, de lado a lado, esquivando a Milo, mi perro, cada vez que es necesario. Miro el árbol de navidad y las luces que iluminan tenuemente la casa. He esperado que llame Kristina, una de mis mejores amigas, pues he preparado una emboscada perfecta: casa deshabitada, una vitrina llena de whisky y, como si fuese poco, me he bañado. Si el whisky conspira conmigo, Kristina no tiene salvación…


Cuando el timbre suena, no veo desde mi ventana porque sé que es ella. Bajo por las escaleras que crujen cada año más fuerte y, como si no estuviese apresurado, abro lentamente la puerta, viendo a mi presa enfundada en un vestido celeste. El cuerpo de Kristina parece burlarse del mío, marcando un contraste que hace que, por momentos, vea inalcanzable la posibilidad de acostarme con ella.


—No me vas a invitar a pasar —dice, adelantando la pierna derecha y dándome un beso en la mejilla—. Tengo frío.


—Claro, pasa —le digo, susurrando groserías que no llega a escuchar—. ¿Quieres que te preste una casaca?


—No, gracias, así estoy bien.


Subimos hacia el segundo piso, lentamente, fingiendo que escucho el último chisme perverso. Cuando llegamos a la sala, me doy cuenta de que Milo ha embestido el árbol de navidad, dejando las bolas de adorno regadas por toda la casa.


—Qué lindo perrito —dice Kristina, agachándose—. Botó el árbol, qué lindo.


—¿Qué carajo tiene de lindo? —me pregunto, bajando la voz.


—¿Dijiste algo? —Pregunta Kristina, levantándose.


—Olvidé mi regalo —digo, salvando el momento—. Espérame dos minutos.


Cuando subo al tercer piso, me doy cuenta del único obstáculo que puede arruinarme la noche: “Ese perro de mierda va a cagarla toda”. Busco mi caja de profilácticos y bajo de nuevo, pensando en una estrategia que me permita acostarme con Kristina sin tener que doparla. Antes de llegar al segundo piso, escucho la voz de Kristina: “¡Diego, tengo frío!”. Bajo y la miro en el mueble más grande, quitándose los zapatos.


—No creo que tengas tanto frío —le digo, sentándome al lado.


—Sí tengo —dice, estirándose como si fuese un gato—. Ven, abrázame.


De repente, empiezo a besarla y a decepcionarme de lo fácil que parece todo, pero no digo nada, me limito a esperar que no me detenga.


—Pensé que subiste porque olvidaste mi regalo —dice, coqueteando.


—Recién empieza —afirmo, seriamente.


Cuando empiezo a besarle el cuello, Kristina me detiene, temerosa, debo suponer, de que no pueda retroceder.


—¿Qué pasa? —Pregunto, alejándome.


—Diego, ¿tú me quieres? —pregunta, acercándose.


Empiezo a desanimarme. Y, entonces, enfrento el peor de los dilemas: me acuesto con ella y encuentro la manera de desaparecer de su vida para siempre o, simplemente, le digo que se tiene que ir porque tengo diarrea, hecho que la alejaría de mí voluntariamente.


—Claro —respondo, inseguro de lo que estoy haciendo—. ¿Cómo no puedo quererte? Eres especial para mí.


Kristina me cree. Siento que soy un embustero, pero uno que copula seguido. La llevo de la mano hacia mi cuarto y nos damos cuenta de que, con sinceridad o sin ella, es demasiado tarde para los dos.


Entramos al cuarto de mis padres, pues me di cuenta de que Milo había defecado en mi cama. Al entrar, volteo las fotos de mis padres y la de Luis, mi hermano menor.


Me quedo quieto, observando su belleza deslumbrante, impresionado por lo fácil que ha sido todo, pero con miedo. La tomo suavemente de la cintura y ella se recuesta en la cama, lentamente, mirándome a los ojos, y pienso: “Se está enamorando de mí”. Pero no me detengo, busco su cuello y empiezo a besarlo. Siento gemidos débiles que me indican que tengo que estimularla mejor. Cuando mi cuerpo se acostumbra al suyo, empiezo a creer —llámenme idiota si lo desean— que valió la pena mentirle. Ella se recuesta en la cama y yo coloco sus piernas en mi hombro. Empiezo a besar suavemente detrás de sus rodillas, oyéndola gemir de nuevo. Luego, bajando un poco más, empiezo a acariciar la parte inferior de los muslos, besándola tranquilamente, excitándome con cada respiración arrítmica de Kristina. Mi boca se pasea lentamente en su abdomen, buscando la zona más sensible, estando atento a la respiración de mi amante, buscando conocer mejor su cuerpo. Después de expugnar su abdomen con mi lengua, me adelanto y la beso, sin darme cuenta de que estamos transpirando demasiado. Le doy vuelta, haciéndola vulnerable a cualquier perversión mía. Ella acepta, a sabiendas de que se está arriesgando demasiado. Recorro suavemente su espalda, bajando desde la nunca hasta la entrada de sus glúteos, rozando a penas su columna vertebral con mis labios. Le doy vuelta de nuevo y busco su cuello. Uso mis pulgares para frotar la palma de sus manos, pero mi boca no ha abandona su cuello. Suelto sus manos y desabrocho su sostén, dejando al descubierto sus pezones erectos. Los beso suavemente y me doy con la sorpresa de que Kristina me ha dado la vuelta, dejándome boca arriba y con ella acorralándome. Me besa el abdomen mientras me quita la correa. Me quita el pantalón, encontrándose con mi sexo, lo desaparece en su boca y veo como la novata me da lecciones de felación avanzada. Intento sujetarle la cabeza, pero ella quita mi mano rápidamente, diciéndome en ese movimiento impetuoso que ella es la que manda en este tipo de situaciones. Veo como Kristina me ensaliva el glande y el frenillo con la profesionalidad que no veía hace mucho. La veo riéndose, burlándose de lo dócil que me veo disfrutando del momento. Parece conocerme demasiado, sabe que ya es tarde y que tenemos un trabajo pendiente. Se adelante, buscando mis labios. Tiene las rodillas al lado de mis mulos, usando su mano izquierda para colocar mi sexo su clítoris; luego, se deja caer lentamente. Usos mis brazos para enredar su espalda, trayéndola hacia mí. Empiezo a moverme lentamente; luego, paulatinamente, los disfrutamos más. Mis esfuerzos y sus gemidos se mezclan en ruidos insoportables para Milo, que ha empezado a rascar la puerta del cuarto de mis padres.


—Lo sabía —le digo, sin dejar de moverme—. Ese perro la iba a cagar.


—No te detengas —dice Kristina, con los ojos cerrados—. Sólo un poco más.


Cuando eyaculo dentro, me doy cuenta de que no he usado ningún preservativo. Pero esa estupidez efímera que dura hasta que terminas de copular hizo que no me interesara en lo más mínimo. Ella se da cuenta y me abraza con fuerza. Después, sale de encima y usa las sábanas para limpiar mi sexo, dejándolo listo para estimularlo nuevamente. De pronto, el timbre suena.


—Puta madre, puta madre —repito, asustado—. Si son mis viejos, estoy muerto.


—¿Tus padres? —Pregunta Kristina, riéndose—. Pensé que estabas solo.


—¿De qué chucha te ríes, ah? —la increpo, temerariamente—. Si son mis viejos, tú también estás muerta. Ayúdame a desaparecer estas sábanas.


Milo empieza a ladrar con fuerza, rascando la puerta.


—¿Qué hacemos, chata, dime? —Pregunto, asustado.


—No sé, no hablo con personas que me tratan mal —dice, cruzando los brazos.


—Puta madre —grito, poniéndome el pantalón, y añado—: Perdóname, mi amor. Ven, ven, ven para acá.


Kristina recoge sus prendas y me sigue. Abro la puerta del cuarto y Milo salta encima de nosotros, como si quisiera jugar. De pronto, escucho la voz de mi padre: “Diego, ya llegamos, ¿dónde estás?”. Entro al baño con Kristina y terminamos de vestirnos; luego, respondo: “Acá, viejo, viendo fútbol”. Kristina se ríe como si no fuese peligroso lo que está pasándonos.


—No sé qué mierda te da tanta risa, cojuda —la increpo, buscando la manera de botar a Kristina sin que mis padres se enteren de que estuvo acá—. Estoy nervioso, ¿puedes ponerte los zapatos, por favor?


—Están abajo, mi amor, en la sala —dice, riéndose—. ¿Recuerdas que tenía frío y me los quité?


Me convenzo de que hoy es mi funeral, así que me siento en el inodoro y dejo de pensar. Kristina deja de reírse y me dice:


—Oye, no seas estúpido, no es tan difícil.


—¿De qué hablas? —Pregunto, sin esperanzas


—Sólo tenemos que sacar a tus viejos de la sala.


—Sácalos, entonces.


—Si me ayudas, yo tengo una idea —dice, tranquilamente.


Kristina sale del baño y entra al cuarto de mis padres. Yo, asustado, la persigo.


—¿Qué crees que haces? —Pregunto, intranquilo—. Vámonos de acá.


—Busco mi celular, inútil, déjame tranquila —dice, mirando por debajo de la cama.


—¿Qué quieres hacer?


—Llamaré, supuestamente, del colegio de tus viejos y les diré que tu hermano ha sufrido un accidente.


—No jodas, loca de mierda, ¿estás drogada?


—¿Se te ocurre algo mejor? —Pregunta, recogiendo su celular.


—Pues, no.


—Cállate —dice, marcando el número de mi padre.


—¿Hola, señor Fernández? —Pregunta Kristina, distorsionando la voz.


— Sí, ¿con quién hablo? —Pregunta mi padre.


—No quiero que se alarme, señor. Llamamos del colegio San Agustín para decirle que Luis, su hijo, ha sufrido un accidente leve.


—¿Cómo dijiste? —Pregunta mi padre, alarmándose.


—Sucede que su hijo es demasiado hiperactivo, y parece que, jugando con su patineta, se estrelló con un automóvil que venía lentamente. No es nada grave, señor.


—Yo no pago un seguro carísimo para que me digan que mi hijo es hiperactivo, carajo, ¿qué clase de colegio es ese? —se alarma mi padre.


—¿Va a venir a recogerlo? —Pregunta Kristina, desactivando el altavoz—. Está preguntando por su hermano mayor.


—¿Qué mierda haces, huevona? —Preguntó, nervioso de no saber qué idea tiene.


De pronto, escucho la voz sollozante de mi padre: “Hijo, ven, ven a acompañarnos. Tenemos que recoger a tu hermano”. Antes de bajar, Kristina me dice:


—Cuando vuelvas, yo ya me abre ido. Adiós, amor, suerte con lo de tu hermano —dice, guiñándome un ojo.


Salgo con mis padres a recoger a Luis. No pasó mucho tiempo para que mi padre se enterara de que todo era mentira. Entonces, con más cólera, pero más tranquilo, me dijo: “Voy a averiguar quién fue la hija de puta que bromeó con algo así”. Llegamos a la casa y, desesperadamente, busqué los zapatos de Kristina. Me quedé tranquilo cuando me di cuenta de que no estaban. Entonces, subí a mi cuarto y vi, al lado del pedazo de mierda que había dejado Milo, una carta que decía: “Hola, mi amor, ¿ves que no tenías por qué preocuparte? Todo está bien. Yo lo haría todo por ti. Me alegra que tú sientas lo mismo. Eres tan lindo. Es por eso que quiero que nuestro hijo se parezca a ti. ¿Lo tendremos ahora? Huy, el tiempo lo dirá todo. Adiós… Kristina”.

Panunzio.

3 comentarios:

  1. La verdad que me parecio algo muy bueno..Panuncio tienes talento, me gustaria conocerte algun dia para dialogar sobre lo que escribiste, porque ese don no lo tiene cualquiera ...

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  2. que tal imaginacion amigo de verdad escribes muy bien.

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  3. jajajajajjajajajajajaj que mierda te crees webonaso, escribes bien si, pero "ese don no lo tiene culquiera", e leído mejores y esto me parece una cagada, ya deja de escribir cuentos de facinación, y escribe cosas mejores que no tengan que ver con un puber que recien experimenta el sexo y se cree malo con lo que hace jajja por lo visto tus juntas son unas cagadas y no es por nada, pero desperdicias el don de los buenos escritores poniendo tus asquerosidades que pena y desperdicio, hasta amrio vargas llosa describe el acto sexual mucho mejor que tu, pero es obvio nunca te vas a comparar y a llegar a ser como él, incluso dudo mucho que sepas de él gente ingenua como tu que se cree escritora le pasa esto...
    A ver si la próxima escribes algo mejor y con más sentido imbecil.

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